CONTADORA INÉS PAZOS RODRÍGUEZ

Post Grado en Consultoría Generalista, especializada en proyectos y Gestión y Planificación de Empresas Familiares, ha obtenido la Declaratoria de Promoción Nacional para decenas de empresas, ..., "sigo con las mismas gana


Vikingo y Sarracenos

Tenía dieciocho años cuando, con mi primer sueldo le regalé a mi madre un tapado de cachemir marrón. No hace mucho que ella me lo recordaba. Quizás, la felicidad que me desbordó en aquel momento haya empañado mi recuerdo. Verla tantos inviernos sin uno y sin queja germinó mi admiración. Cuando nos visitó un tío, que había prosperado en Venezuela, y le dijo que eligiera un regalo: un saco de piel o una olla a presión; ya pueden imaginar lo que eligió. Caminaba como una ardilla las calles de Capurro hacia sus trabajos o al almacén y en casa, como un paraguas que al hacerlo girar bajo la lluvia dispara gotitas que reviven, distribuía alegría y energía vital en todos los sentidos aun cuando cocinaba hasta la madrugada. Cuando me he lamentado por alguna decepción, me decía: - ¿Cómo hace esa gente que vive en países en guerra y le destruyen la casa? - Al otro día se levanta y comienza a construirla de nuevo. Fue la primera en la línea de fuego viendo morir a su abuela, en Cerceda, cuando tenía 10 años, a su madre, en Carballo, cuando tenía 22, a mi padre, aquí, cuando tenía 56 y al suyo, un par de años después. Pionera en lo que hoy llamaríamos cuidados paliativos. 


Si hubiera tenido tiempo de soñar una profesión, hubiera sido la de cantante. Inolvidable la ̈Rianxeiras ̈ con la que me acunaba. Hoy, la escucho acunarse a sí misma cuando se despierta en la madrugada, vaya a saber uno con qué miedos, con una cantiga, nueva para mí, que tiene algo que ver con ̈perder a cinta do pelo a subida e a baixada de Cullaredo ̈. Ya recuerda pocas cosas; una de ellas, es cuando mi padre nos contaba de su negativa a ir al paredón aún a riesgo de ser fusilado él mismo, en una guerra que no era la suya y para la que había sido reclutado a los dieciocho años sin esperanza de una exención porque eso no corría para lo pobres. Era el mayor de siete hermanos y la migración de su padre a Cuba lo sacó de la escuela para ayudar a su madre a acarrear leña, a pesar de la insistencia de la maestra en que era casi criminal hacerlo ya que era un ̈rapaz ̈ muy inteligente y aprendía rápido. Los prisioneros que custodiaba le escribían las cartas a su madre y con ellos aprendió a leer y escribir. Lo perfeccionó leyendo periódicos y carteles publicitarios: ni una sola falta de ortografía tenía. En 1950 los siete hermanos estaban en Río de Janeiro. Se dice que la aldea de Suevos, Consello de A Baña, quedó sin ̈mozos ̈ porque todos emigraron. Contaba que ̈hinchaba ̈ por Uruguay porque los brasileños estaban muy agrandados y escribían, al salir de los colegios con tiza en la calle: ̈Brasil Campeaõ ̈. Muchos años después de su muerte leyendo una reseña de la época me entero que España había perdido en semifinales con Brasil, lo que hizo que matizara mi perspectiva de sus motivos. Nunca se sabía con él. En Montevideo, a donde vino a dar de polizón con un paisano, en un camión que transportaba tubos de oxígeno, no había gallego bolichero que no conociera y decía que se había hecho hincha de Peñarol porque todos ellos eran de Nacional y así podía divertirse polemizando. Su trabajo de empleado en la sección Expedición, durante 25 años, en la misma compañía, hoy grupo económico, no le inhibía de estar siempre impecablemente afeitado, vestir traje y corbata, llevar una Parker en el bolsillo de la camisa y los zapatos impecablemente lustrados; tarea que muchas veces yo misma disfrutaba de hacer. Hubiera querido ser Abogado. La pulsión del saber y la justicia lo caracterizaban. Un vikingo civilizado. Sus compañeros le decían que los gallegos habían venido a Uruguay porque los burros no subían escaleras. Él nunca se enojaba; sonreía de lado. Se enorgullecía de dejarme como herencia una buena educación y, junto con mi madre agradecían al Uruguay que, aunque fuera con mucho sacrificio de su parte, su hija pudiera hacer Bachillerato sin tener que ir a trabajar.


Con la leche materna, alimenté la preocupación por no tener un lugar propio donde vivir ya que, si los ingresos no permiten cubrir el arrendamiento, la alternativa sólo es: ̈vivir debajo de un puente ̈. A los catorce años me prometí que sería independiente económicamente cuando fuera grande. A esa edad todo parece tener una dimensión sideral y así eran mis miedos, mis sueños y mis ganas de trabajar para alcanzarlos.


A los dieciséis empecé a trabajar en las vacaciones de verano en Bazar Mitre, en la sección juguetería. Hacía moñas para regalos, trasladaba paquetes de una sección a otra y a veces tenía el privilegio de envolver algo. Se cuidaba al milímetro el papel y la cinta adhesiva que se utilizaba. En ocasiones me pregunto si no debiéramos volver a esas prácticas, en este mundo de sobreproducción y hambre. Eran un manjar de los dioses el refuerzo de jamón y queso en pan de tortuga ̈ deliciosamente fresco y la Coca Cola pequeña en envase de vidrio que nos aguardaba, en tanques llenos de hielo, para tomar a la medianoche del cinco de enero como recompensa por una jornada extendida de trabajo. Mi primera remuneración fue una gran caja con un juego de Ludo y Dominó y la felicitación del Contador Gerente General. En Marzo de cada año volvía sólo a estudiar: liceo, inglés, francés.


Ya a los seis años le dije a mi madre que quería estudiar Inglés. Tuve que esperar a los siete que era la edad de admisión en esa época. Ella se asombraba de mis pedidos. No podía imaginar de dónde sacaba las ideas. A los cuatro años le dije que quería ir a la escuela, que quedaba enfrente de casa. Otra vez adelantada al orden establecido: había que tener cinco años cumplidos antes del treinta y uno de mayo y yo para colmo de males cumplía en junio. Así que mi padre, con la capacidad para las relaciones públicas que lo caracterizaba aprovechó la coincidencia de que su médico era esposo de la maestra de Jardinera e hizo una gestión que me llevó a estar en clase, de contrabando, con la condición de que, si aparecía una Inspectora, me escondía. Lo más parecido a tener un empleado sin inscribir en los organismos de la seguridad social hoy en día. Consecuencia de esto fue que el único año de escuela que repetí fue Jardinera. A regañadientes acepté usar el delantal a cuadrillé que era obligatorio llevar sobre la túnica. Eso sí, jamás admití que me pusieran un ̈manguero ̈; hubiera sido insoportable convivir con esa antítesis de la estética.


El tercer verano, cuando terminé sexto de bachillerato, supe que tenía que seguir trabajando: ̈Hasta acá pudimos ayudarte ̈, dijeron mis padres. A mí ya me parecía admirable el sacrificio que habían realizado: no me creía capaz de hacerlo si hubiera estado en su lugar. Ya hacía varios años había empezado a sentir la necesidad de ̈devolverles ̈, del algún, modo su esfuerzo.


Ese año había culminado con Honores el ̈Advanced Grammar and Literature Course ̈ de la Alianza Cultural Uruguay-USA y me preguntaba si continuar con el curso de profesorado TTC o ingresar en la Facultad a estudiar Ciencias Económicas, dada mi facilidad para las Matemáticas. Continué trabajando en el Bazar Mitre de lunes a viernes en ̈horario cortado ̈ y los sábados medio día ̈ y ganaba el salario mínimo nacional. Trabajé en Recepción controlando la mercadería que llegaba y marcándola con una referencia; el precio se lo escribirían a lápiz en la sección de ventas. Algunas etiquetas eran autoadhesivas, las menos: eran un lujo. Algunas con un hilo para colgarlas del asa de una cacerola por ejemplo; la mayoría: de papel engomado que había que humedecer en una esponja y que después de usar unas cuántas veces dejaban los dedos como chorreados por ̈La Gotita ̈ Sentía un odio especial por ellas cuando llegaban los gorritos de cartón de cumpleaños, en un par de bolsas que nunca contenían menos de ochocientas unidades. Ese mismo verano ascendí a Expedición, sección que estaba en la misma planta, separada por la majestuosa y sucia escalera de mármol por la que se accedía desde la calle y por el techo de claraboya que hacía menos agobiantes tantas horas de encierro. Me enseñaron a envolver todo tipo de objetos, desde los muy frágiles a los de formas más enmarañadas. Siempre con la máxima eficiencia en el uso de los recursos. Se imaginarán que actualmente cuando voy a comprar un regalo, tengo que contenerme para no decirle a la vendedora: ̈no te preocupés dejá que yo me lo envuelvo ̈. El jefe de las dos secciones era una señor muy serio, correcto y gran conversador. El sub jefe, algo más joven y muy callado, armaba el reparto. Un día dejó de venir. Corrían los años ochenta y se podía oler el misterio respecto a las razones. Como yo lo había observado hacer su trabajo, pude aprender rápidamente a confeccionar la planilla del reparto: ordenaba las entregas por barrios y hacía las etiquetas según el flete ya estuviera pago o fuera a cobrar. Me enorgulleció lo que sentí como un gran ascenso, aunque siguiera ganando lo mismo. Claro que necesitaba ganar más y trabajar menos horas para poder iniciar la Facultad. Casi en simultáneo me ofrecieron un trabajo de medio horario como secretaria bilingüe, con mejor remuneración, en una empresa de electrónica naval. Acepté. Leia, por iniciativa propia, con gran interés, los folletos en inglés de radares, ecosondas, navegadores por satélite. Una tarde al oír el familiar acento gallego de unos clientes, inicié una conversación que pasó de la electrónica naval a los cardúmenes, las redes y las centollas. Siempre había oído hablar a mi madre de ellas y nunca había comido una. A las pocas semanas uno de los socios del buque pesquero, si mal no recuerdo era el Antares, apareció con una en la mano para mí y me explicó como cocinarla. Por mucho tiempo su caparazón tuvo un lugar de privilegio en mi biblioteca.


Me casé a los veintiún años. Cuando tenía veintidós, mi padre enfermó y murió a los tres meses: a partir de allí me hice cargo de mi madre. Era feliz con mi trabajo y responsabilidades. Ahora, a la distancia, me pregunto si no era demasiado para una muchacha.

La noticia había llegó por carta. El padre de mi madre se moría en España y ella lo había visto por última vez cuando la acompañó a embarcarse al puerto de Vigo treinta y un años antes. No lo dudé: tenía que comprarle un pasaje. Ella estaba viviendo con nosotros. Hacía unos días la habíamos mudado a nuestro apartamento de un dormitorio porque no podíamos pagar los gastos del suyo y del nuestro.


Mis jefes me prestaron el dinero para el pasaje y me contactaron con alguien para que pudiera conseguir uno por la mitad de precio, que era el doble del actual. Con el pasaje y seiscientos dólares en la ̈faldriqueira ̈ que ella se había confeccionado, la embarqué en aquel avión al que siempre había dicho que jamás se animaría a subir. Estuvo seis meses con su padre. Cuando llegó a Barajas y vió la bandera uruguaya en el avión de Pluna que la traería de regreso, cuenta que el pecho se le descomprimió y la colmó la emoción y sintió que volvía a casa. Cuando llegó a Montevideo me sentí muy feliz de devolverle parte de su sacrificio al recibirla en un apartamento nuevo y luminoso de cuya hipoteca yo era feliz propietaria. Un par de años después nos divorciamos. Pasé a trabajar horario completo.


A los veintitrés, ahorré por primera vez doscientos dólares y aunque parecía ridículo colocar a plazo fijo una cifra tan irrisoria, lo hice, para no gastarlos. Mi marido me preguntaba para comprar qué ahorraba: ¿una moto? ¿un viaje? No entendía la pregunta: ahorraba para ahorrar. Menos de un año después un matrimonio amigo que había comprado un apartamento ̈en el pozo ̈, conociendo mi preocupación por dejar de pagar alquiler, me avisó que en el edificio quedaba un sólo apartamento y que lo vendían entregando dos mil dólares: ya comenzaba la desaceleración del boom de la construcción de esos años. En la inmobiliaria me dijeron que había varios interesados esperando y que debía señarlo al día siguiente si no quería perderlo. Mi ingenuidad comercial les creyó. Mi mente se aceleró buscando alternativas. Era mi oportunidad de dejar de pagar un alquiler y pasar a pagar la cuota de una hipoteca.



Al otro día estaba, estoica, con una carta en la mano esperando a que el Gerente del banco me recibiera. Atrás de un escritorio de metal y vidrio que seguro me pareció más grande de lo real y recostado en un sillón de respaldo negro alto se aprestó a escucharme. Mi palabras salían a borbotones, ̈que es mi única oportunidad ̈, ̈que es para comprar una vivienda como este mismo banco apoya ̈ ́que ahora estoy alquilando ̈, ́que hay otros interesados ̈ ̈que por favor ̈ , que..., que...que...El gerente, me escuchaba casi sin parpadear y de golpe dijo: ̈Sí, lléveselos ̈. Eso dijo, pero yo escuché algo así como ́Basta, basta, por favor que se calle esta mujer ̈ ̈Que retire los benditos doscientos dólares y se vaya de acá ́


A los veinticinco años quedaba a cargo de la administración de la empresa cuando sus propietarios, alemanes, pasaban varios meses en su país. Por varios años trabajé muchas horas, horas extras y no tomé licencia: los pocos días que me daban para estudiar me los descontaban, además había que alhajar el nuevo hogar y mantenerlo. Mis compañeros se recibían y a mi me seguía faltando alguna materia. Ese día de febrero en que tuve el resultado del último exámen fui al Panteón de Casa de Galicia a contárselo a mi padre. Él, cuando agonizaba, pedía que por favor le quitaran las botas, esas que las guerras dejan indelebles en los soldados aún cuarenta años después, y, un día antes de morir me preguntó ̈¿Cómo van esas matemáticas? ̈


Comencé a tener mis primeros clientes a la vez que cursaba un Post Grado en Consultoría Generalista con una Beca de la UE en la Universidad Católica en Convenio con la Universidad de Lovaina. Mi tesis fue para la empresa Plucky, en ese momento, familiar y productora artesanal de gelatinas y huevos de pascua. Tres años después me alegró ver en una Exposición de la Cámara de Industrias que la aplicación de las recomendaciones le habían orientado a enfocarse y crecer exponencialmente. Haber sido una de las dos mejores calificadas del Post Grado me permitió acceder a un contrato con el Latu y a dictar cursos para Emprendedores y Pymes en el Claeh en convenio con el Ayuntamiento de Barcelona. Luego siguieron los primeros clientes, cada uno ganado ̈a pulmón ̈e implementé el primer servicio de liquidación de aportes Rurales en la Asociación Nacional de Productores de Leche cuando Conaprole cesó en la prestación de este servicio. Hice trabajos de Consultoría de Procedimientos para mi profesor Ricardo Villarmarzo en Ernst & Young. Cuando recién se empezaba a hablar del enfoque F.O.D.A. yo diversificaba mis servicios casi intuitivamente: talleres para empresarios en Cámara de Industrias del Uruguay, Proyectos de Inversión para solicitud de créditos, Consultoría Integral en el marco de un Programa del BID-CIU y asesoramiento tributario permanente a un puñado de clientes. Decidí alquilar un monoambiente de oficina y sólo me animé a hacer un contrato por un año. Me dije: ̈si no puedo sostenerlo, largo ̈. El hijo de mi padrino me salió de garantía. Mi Padrino, Juan Romero, también había fallecido joven, más joven que mi padre. Eran amigos de la aldea. En Pascuas siempre me regalaba el ansiado huevo y nos regaló la primera heladera que tuvimos en casa. Fue un gallego que mostró con su generosidad que se puede crecer y ayudar a los amigos como también lo ayudaban a él. Tuvo reparto de cigarrillos en la época que había que andar ̈calzado ̈, Bar y Panadería y un único hijo que es exitoso Abogado. En ese monoambiente que alquilé trabajé diez años. Contraté personal. Hice los cursos de Gerencia y Auditoría de Calidad del Latu y de Perito Judicial. La ̈pulsión del saber ̈, que se presentaba, una vez más. En ese sentido los rubros de actividad para los que trabajé han sido de una diversidad que no dejan aburrirse y siempre se está aprendiendo: vitivinicultura, metalmecánica, automotriz, electrónico, agropecuario, prensa, feriantes, textil, alimentación, software, gráfico y editorial y algunos otros.


Diez años después de haberlo hecho mi madre, viajé a España. Mi padre nunca volvió. Decía: ̈no voy a encontrar lo que dejé: a mi madre. Lo resolví en pocos meses y sin planificar. Llegué un domingo cualquiera a la Posada de mis tíos en la Calle del Pombal, tiré las valijas y salí corriendo hacia la Catedral. Había oído tantas veces a mi padre hablar de lo maravillosa que era que ya creía que no era cierto y que por su boca hablaba el orgullo de ser de allí. Me sorprendió ver la Catedral repleta de gente. Como pude me metí en un hueco que me permitía ver el altar y al Apóstol. Como si estuviera en una nave en alta mar, a la que el oleaje envuelve, el llanto me desbordó y creció con cada vaivén del ̈ botafumeiro ̈. Había llegado a Santiago de Compostela, sin saberlo, el día del Apóstol.


Recorrí, las calles empedradas de Santiago húmeda, una y otra vez. Cada vez parecían otras. Mis poros y los de las piedras se comunicaban y la herrumbre que descendía por el granito me contaba historias de siglos y de mucho sudor y sangre derramados. Cuando yo iba a la escuela, de merienda, me daban, algunas veces, un omellette en un pan marselles. Sentía vergüenza porque creía que eso era porque éramos pobres. Pasaron muchos años hasta que, caminando, en ese viaje, por las calles de Santiago vi en las vidrieras ̈refuerzos de tortilla de papas ̈. Entonces, comprendí y sané una herida. Una de las tantas consecuencias de la migración que nos hace no pertenecer a ningún lado. Integré muchas cosas luego de ese viaje.


A los pocos días, estaba en camino a Carballo, Parroquia de San Pedro, a conocer la casa materna y disfrutar de una Verbena de Santa Marta. De golpe todo cambió, una energía vital que me era familiar me invadió; el verde del follaje invitaba a vivir y el sol resplandeciente a cantar. En ese momento sentí que la diferencia de temperamento de mis padres algo, seguro, tendría que ver con la geografía tan distinta de una misma Galicia. Mi madre, la mayor de cuatro hermanos, a los veinticinco años, un par después de que falleció su mamá, embarcó en el puerto de Vigo. Hasta hoy recuerda la aglomeración de gente y su desconocimiento de las condiciones del viaje. Al abordar vio como las reposeras de lona cubrían la cubierta: transportaban más personas que cuchetas. Sin reposera pero con un instinto de supervivencia e inteligencia práctica que la han caracterizado siempre, se subió lo más rápido que pudo a una cucheta y no hubo reclamo que le hiciera cederla durante los cuarenta y cinco días de travesía. En un pequeño baúl lo más importante que traía eran un par de castañuelas, una pandereta, un libro de canciones de Lolita Torres y una colcha de lino que había hilado su madre poco antes de morir. Vio como un tío que regresó de Uruguay golpeaba monedas de oro en la mesa mientras decía: ̈Este dinero sí que vale, carallo ̈.


Cuando regresé de mi viaje a las raíces, continué con mi actividad profesional y capacitándome. He sido y soy una convencida que todo, en la empresa y en la vida, es multicausal y hay que estudiarlo en su integralidad e implementar soluciones que lo tengan en cuenta. Me mudé a un Estudio propio y como sin darme cuenta seguí creciendo personal y profesionalmente. Compartí proyectos con otro profesor, el Cr. Kaplan y me especialicé y obtuve la Declaratoria de Promoción Nacional para decenas de proyectos. Con un programa del Bid y de la Cámara de la Alimentación y la de Comerció me especialicé en Gestión y Planificación de la Empresa Familiar. En esa ocasión trabajamos con la Cra. Elvira Domínguez en el proyecto y a partir de ahí siempre he sentido que, también en lo profesional, hablamos el mismo dialecto.


El mismo año que mudé mi estudio, 2008, a sugerencia de un cliente que representaba a una empresa gallega en Uruguay, supe de la existencia de AEGU y me asocié. Acompañé a esa empresa, a elegir un terreno apto para instalar su industria en Uruguay, sorteando alguna propuesta teñida de mucha ̈viveza criolla ̈ y logrando poner la piedra fundamental de la industria que hoy es. Participé de un Congreso de AEGU en Montevideo y unos meses después viajé con la delegación a Santiago. Era mi segunda vez alli; muchos años habían pasado desde la primera y descubrí un Santiago diferente, de Congresos, de pulpo y vino en taza y, como la primera vez, un Santiago de seductoras calles empedradas y húmedas. Si bien, era nueva en un grupo de socios de AEGU que parecían conocerse de toda una vida, y hasta de varias generaciones, me sentí en familia.

La oportunidad y motivación que me dieron para hacer este relato me ha dejado la certeza que sigo con las mismas ganas de proyectar, emprender, remangarme, abrir carreteras, implementar y gestionar que la primera vez. Mejor aún, enriquecidas por la experiencia. Mi padre, que no vio en vida ninguno de mis logros, estaría orgulloso y diría: ̈Coño, mira lo que ha hecho mi hija, ella sola ̈.

Gracias AEGU, Elvira y Patricia por motivarme a contarme una parte de mi vida. Montevideo, Julio de 2018 


O Resumo Edición Nº 330 - 20 de Julio de 2018

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