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Rodrigo Cortés: «Soy gallego por decisión de mi madre»

El aclamado director de «Buried» publica «Los años extraordinarios». «Trato de elegir los proyectos que me dan miedo», confiesa

Rodrigo Cortés publica su segunda novela, «Los años extraordinarios» Marta Calvo

Salamanca tiene mar porque así lo ha escrito el director, productor, montador y novelista ourensano Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Ourense, 1973). El suceso más imprevisto y una historia alternativa tiene cabida en la peripecia vital de Jaime Fanjul en Los años extraordinarios, el arriesgado número de ilusionista con que el director de Buried nos convierte en cómplices de un personaje llamado a ser nadie que hace de todo. Siempre sale Buriedal hablar con él, aunque hayan pasado más de 10 años del estreno. En una entrevista en La Voz, decía sobre el filme que la gente salía del cine con dos kilos menos. «Más que una película, Buried es una experiencia. Está diseñada para que puedas verla con los huesos y los músculos y las emociones», señala Cortés, preciso, claro, directo.


-Me gustaría seguir la pista de Fanjul para jugar a encontrar a Rodrigo Cortés en el protagonista de Los años extraordinarios.

-Pues... muy buena suerte, muy buena suerte. A ver qué tal se te da. ¡Se me da bien salir corriendo!


-Empecemos por la novela. Se le han visto varios padres. Se habla de su aire cervantino, recuerda al Buscón de Quevedo... Tiene algo de nuestra picaresca y algo de Dickens.

-En general, cuando a algo le encuentran 150 referencias significa que no se parece a nada y, a la vez, que necesitas de tirar de tantísimas para tratar de ubicarlo. La novela es tan multiforme, tiene una confección tan libérrima que es inevitable que se filtren en ella todas las cosas que he comido. Que el personaje haya nacido en Salamanca lleva aún más al Lazarillo o a Quevedo, y, desde luego, la construcción decimonónica de Dickens es esa.


-Pero es una novela muy española...

-La novela solo la puede haber escrito un español, porque hay una parte importante inscrita en una tradición que es propia y que tiene que ver con Cervantes en su vertiente más indulgente, con Quevedo en la más refractaria y dura. Encontraremos a Valle y a Cunqueiro, y a Azcona... Y Mendoza de forma más reciente. No es una novela que pueda haber escrito un mexicano o un tailandés.


-Igual Rulfo...

-Sí. No digo que la novela sea una cosa única que no pueda escribir un peruano. Pero esta novela tiene una naturaleza que es muy española. Y no es solo española.


-También anda por aquí Torrente Ballester, con su humor tranquilo.

-Torrente tenía la doble nacionalidad, como yo. Tenía la nacionalidad galaico-salmantina y la gallega. En mí hay una parte natural que es gallega, sin haber vivido yo nunca en Galicia.


-El humor gallego sí lo tiene.

-Nací en Galicia por decisión de mi madre. Mi madre fue a Galicia a dar a luz.


-¿Vivía en Salamanca y vino a dar a luz a Galicia?

-No, vivía en Madrid y decidió que vivir allí era no ser de ningún lado. De Madrid no se podía ser... así que se fue a casa a dar a luz, que es una cosa muy gallega.


-Eso marca ya antes de nacer.

-Claro. Y hay una tradición en la prosa, muy exquisita, gallega, y su relación con lo sobrenatural tomado con una naturalidad enorme, desde Fernández Flórez...

-Tiene algo del cronista risueño y despistado de La nube enjaulada.

-No conscientemente, ¡pero algo habrá caído!


-Es curioso el personaje de Jaime Fanjul. Provoca una mezcla de extrañeza y espanto y de ternura infinita.


-Estoy contigo. Es un personaje que hace muy poco por que el lector le quiera. Por eso, yo soy el primer sorprendido al ver el vínculo que está generando el lector con él, de qué manera el lector lo está acogiendo y perdonando. La novela hace muy pocos esfuerzos hacia el lector. Es una novela poco indulgente, nada paternalista.


-¿Ve ya en cine Los años extraordinarios?

-No. Generalmente, cuando una novela es fácilmente adaptable, es menor y no es muy literaria. Por eso, Hitchcock trabajaba con material menor... a vences fungible, y hacía con él grandísimas películas. No es tan fácil hacer una gran película con Tolstói. Ni con Joyce... ¡Evidentemente, no me estoy comparando!


-¿Es un lector voraz desde niño? Leo que descubrió a Kafka con 9 años...

-He sido un lector poco sistemático. Lo que hacía era robar libros de la biblioteca de mis padres, los que a mí me resultaran más estimulantes. Leí La metamorfosis con 9 años no porque yo fuera más hondo que el resto, sino porque me pareció lo más que un tío se levantase convertido en escarabajo.


-¿Era de los que leían con una linterna bajo la sábana?

-He leído alguna vez así, pero es un poco poético de más. ¡No hay quién lea con la linterna debajo de la sábana!


-«La verdad no estaba bien vista en ninguna parte», escribe. ¿Y hoy, está bien vista?

-Creo que la verdad no ha estado bien vista nunca, hoy tampoco. Tendemos a pensar que estamos en el peor mundo posible, que todo se echó a perder hace 15 años, pero cuando lees escritos romanos del siglo I te hablan de los jóvenes que ­no respetan nada... Es como un péndulo que va y viene.


—¿Qué tipo de historia es Los años extraordinarios, dónde la situamos? Difícil atraparla.

—No he sabido definirla y empaquetarla. Al final, solo las cosas claras son empaquetables. No es fácil adscribirla ni siquiera a un género. Está llena de humor, pero hay poesía, y hay momentos que te congelan la sonrisa. La novela es radicalmente inútil.

—Elogiemos este tipo de inutilidad, hoy que hay tanto tonto proactivo.

—Bueno, jajaja, no sé si hay que elogiarla, ¡pero puedo asegurar que lo es! No hay propósito en la novela, nada que recuerde remotamente en ella a un consejo o una recomendación.


—¿Cuál fue la primera célula de Jaime Fanjul, de esa idea de una Salamanca a la que llega el mar, de la reinterpretación de momentos de nuestra historia, de la invención de guerras y países?

—Podría jugar a la gravedad y decirte: «Mi intención era recorrer la historia por la vía de servicio»... Empecé a escribir sin propósito, solo consciente de que no se iban a respetar las reglas, ni siquiera las de la física. No he querido ceñirme a nada, ni a un estudio de mercado ni a una consideración cercana al sentido común. Me sentaba a escribir sin saber lo que iba a pasar, tiraba los dados. Le hice a Fanjul tomar decisiones que yo no habría tomado para ver si salíamos vivos... él y yo. Pero también sales fuera del cuadro...


—¿Sale ahí el director de cine?

—Y el montador.


—¿Escribió muy sobre la marcha?

—No diría escritura automática, pero acogía toda imagen o idea sin discutirlas, sin someterlas a razón. Creo que de ese modo desprogramado emergen zonas, paradójicamente, elocuentes de lo más profundo.


—¿Cree en fantasmas?

—Es un ejercicio estéril tratar de arrancarle confesiones a la novela... Jaime Fanjul no soy yo. Lo que se parece a mí es la novela.


—«Creo firmemente en el error. Creo que un hombre solo lo es si tomo decisiones equivocadas», escribe. ¿Se identifica?

—Jaime lo expresa de una forma más poética que yo. Diría que yo confío más en la opinión errada genuina de alguien que en la opinión acertada que es heredada. Creo en la digestión personal del mundo. Para hacer cosas genuinas tienes que partir del error, tienes que asumir que no tendrás éxito.


—¿Buscar el éxito nos hace fallar?

—No lo sé... Tengo una intuición parecida a esa.


—Escribe que mucha información nos hace perdernos el mundo, ver las cosas de forma directa, tal como son.

—El exceso de información se parece bastante a la desinformación.


—Y a veces esa información que consumimos solo sirve para alimentar nuestros prejuicios... ¿no?

—Creo que, al contrario de lo que nos dicen a menudo, saber lo que sucede en el otro lado para conmoverte tiene, en realidad, poco de solidario, genera ruido.


—¿Es Nueva York la ciudad más cruel del mundo, como piensa Jaime Fanjul?

—Si no tienes dinero, Nueva York es una de las ciudades más crueles del mundo. Es un imán que te mastica y te expulsa en dos meses si no has conseguido sobrevivir entre un montón de guerreros implacables.


—¿En qué se diferencian el novelista y el cineasta que es?

—Son dos lenguajes completamente distintos. Uno detecta bien cuándo un guionista hace una mala novela, porque son como películas que nunca se hicieron. El cine es el terreno de la acción, el personaje se define por lo que hace; la literatura es el terreno de la evocación. Más te vale amar las palabras, porque tienes que generar vida con ellas.


—Curiosa esta frase de la madre de Jaime en la novela: «Galicia está lejos».

—No, no, dice: «Galicia es lejos».


—¿Galicia puede quedar más lejos en España incluso que otros países?

—Hoy no sé, hay autovía. No sé por qué la madre dice: «Galicia es lejos», quizá por una negación emocional...


—¿«Hay personas que te tocan suavemente y alteran la dirección de tu vida», como escribe en esta novela?

—Todos lo hemos vivido, ¿no? A veces, te das cuenta de que una persona a la que no prestaste atención te deja más lecciones de las que fuiste capaz de absorber en el momento. Años después te acuerdas de cómo te acogieron y te perdonaron...


—¿Tiene crítico, lector o lectora de cabecera?

—No. Y además esta novela ha sido escrita en radical secreto.


—¿Se siente más atado en el cine que en la literatura?

—No, la libertad es posible en cualquier medio. Pero es más cara en unos que en otros. La libertad, si tiene algún sinónimo, es responsabilidad, y viene con precio.


—Ha dirigido a Sigourney Weaver, Robert De Niro, Ryan Reynolds... ¿Es más difícil trabajar con actores o con personajes?

—Siempre es más difícil con actores, pero también es mucho más satisfactorio.


—¿Qué le aporta estar en pódcast como Aquí hay dragones y Todopoderosos?

—Es una de las experiencias más satisfactorias que he vivido. Estoy con amigos ¡y son muy muy buenos! Si uno está intentando contar un chiste, el otro no se lo pisa. Esto nos permite hablar de películas, de música y de literatura sin gravedad, sin ninguna solemnidad, por eso llegamos a zonas especiales. Resulta divertidísimo, como es inevitable teniendo a Javier Cansado o a Juan Gómez Jurado.


—¿Le gusta el miedo, es un estímulo?

—Sentir miedo está bien. Personalmente, trato de elegir los proyectos que me dan algún miedo. Si siento que sé, que voy a salir con vida, no lo hago. Tiene que haber un componente de incertidumbre en el que veas la oportunidad de salir de allí más listo de lo que entras. Aunque quizá no salgas con vida... Tiene que haber siempre la posibilidad de morir en el empeño.





O Resumo Edición Nº 473 - 20 de Agosto de 2021

Fuente: lavozdegalicia.es 13.08.2021

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