El ocaso de los centros gallegos en Europa

En los registros de la Xunta ya solo figuran 27, algunos con cierre avisado


No suben a un autobús sino a un avión. No llevan un papel con una dirección y un número de teléfono, sino un smartphone. Y en lugar de llevar memorizadas un par de palabras extranjeras, suelen dominar al menos un idioma que no es el de sus padres. Hay diferencias pero un nexo común: la maleta que muchos gallegos siguen haciendo para buscarse el porvenir en otro país europeo. Según el Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (PERE), a 1 de enero de este año, casi 57.000 personas nacidas en Galicia estaban registradas en algún otro estado del Viejo Continente. La cifra supera las 110.500 si se les suman los descendientes de gallegos, nacidos ya fuera de la comunidad.


Pero mientras la emigración parece reverdecer laureles, los centros que permitieron a aquellos que dejaban su tierra superar la morriña junto a sus compatriotas parecen estar a punto de dar su canto del cisne. El Rexistro da Galeguidade de la Xunta ya tan solo recoge 27 centros gallegos en suelo europeo. Entre ellos figuran todavía entidades que ya han anunciado su cierre, como el de Bruselas, que en octubre advirtió que no puede hacer frente a unas costosas y obligatorias obras de insonorización. Pero hay las múltiples razones tras el ocaso que viven los centros gallegos en Europa. 


Sin relevo generacional

«Isto xa non é como antes, moita xente retornou e os que aínda veñen aos centros xa non pasan o día, como moito comen, botan un rato e vanse», cuenta Antonio Calvo, un zasense que se hizo cargo del bar de varias entidades gallegas hoy desaparecidas, como O Feitizo o el Centro Galego de Berna. Su relato apunta a una cuestión clave: «Meu pai estivo aquí décadas e foise sen saber o idioma. Eu cheguei con 16 anos e non podía comunicarme, sentíame illado e tiven que recurrir ao centro e aos equipos de fútbol de españois. A xente que chega agora xa se defende noutros idiomas e se integra directamente». En cuanto a los gallegos de segundas y terceras generaciones, la propia familia de Antonio demuestra que no es fácil mantenerlas ligados a los centros: «Teño tres fillos e intentei inculcarlles o gusto, veñen de vez en cando pero non é o seu», explica desde su actual negocio, el bar del centro español de Friburgo.


El centro gallego de Cuxhaven celebró el año pasado la primera fiesta del Albariño en Alemania

La difícil conexión con la juventud es uno de los grandes problemas que hace caer en picado el número de socios. «Aos máis novos é difícil atraelos. Xa non necesitan ese punto de encontro que si precisan os máis maiores, e mesturar nun mesmo ambiente a mozos e vellos non é fácil», reconoce Fran Álvarez, presidente del Centro Cultural Gallego de Cuxhaven, en Alemania. Él, originario de Pazos de Borbén, tiene 25 años y es una rara avis, porque también en las directivas se complica el relevo generacional. «Nos órganos sociais vamos dando os primeiros pasos dándolles responsabilidades en actividades que lles gusten coma o deporte, pero é moi complicado», reconocen también desde Xuventude de Galicia - Centro Galego de Lisboa.


El centro gallego de Lisboa tiene su sede en un palacete del S. XIX que donó a la entidad un particular un socio, Manuel Cordo Boullosa. CEDIDA

Mantenimiento de las sedes

El centro de la capital portuguesa tiene la suerte de ubicarse en un espectacular palacete donado por un particular. Pero las sedes de la mayoría de los centros son alquiladas, un gasto no siempre fácil de afrontar. «Só en alugueiro e calefacción íanse 1.600 euros ao mes», recuerda José Fernández, un carballés que formó parte de la directiva de O Lar Galego de Rotterdam. Aquella entidad que llegó a traducir al holandés libros de Rosalía y de Manuel María no existe desde el 2012. De hecho, en los Países Bajos no queda ninguna entidad gallega.


Músicos de O Lar Galego de Rotterdam. CEDIDA

La Xunta cuenta con una línea de subvenciones para cuestiones de mantenimiento y otra que financia actividades, que se unen a otras del Ministerio de Exteriores, pero esas ayudas no bastan. «Temos que fomentar actividades e dinamizar a Casa para obter ingresos», indican desde Lisboa. Así se han abierto a ofrecer actividades para el resto de la colonia española, como sevillanas o cante flamenco, y también otras para todos los públicos como artes visuales, yoga o fitness.


Exposición en la sede del centro gallego en Lisboa. CEDIDA

Ceder la explotación de bares o restaurantes es otra fuente de ingresos habitual en los centros. Pero como demuestra el caso de Bruselas, a veces reinventarse o abrirse a otras nacionalidades no basta cuando toca hacer frente a un revés económico. «Cos centros situados en América a administración sae ao rescate máis facilmente, sentimos que temos menos importancia da que deberiamos. Estase acabando a historia da emigración europea», se queja Alejandra Plaza, una cabanesa que estuvo al frente del centro gallego de Fráncfort, del que asegura que actualmente ya solo es un restaurante privado que no debería figurar en el registro de centros.


«Hai centros pantasma que apenas son un buzón de correos e que seguen a figurar nos listados», remeda Martín Maceiras, un fenés que presidió durante años el centro gallego de Hannover. El endurecimiento de los requisitos para obtener el reconocimiento de galleguidad o los complejos trámites de las subvenciones son para él otros de los problemas que explican el decaer de los centros gallegos, junto con la politización que a su juicio sufrieron las entidades. «A maioría subsistían polas subvencións e xa se sabe ‘‘se ti me apoias, eu te apoio’’. Ademais, nunca se deberon empezara facer mitins nos centros galegos», opina. Él, como muchos, cree que esta será la última generación de centros gallegos en Europa tal y como se conocen.


Nuevas tecnologías y ser embajadas culturales, claves de futuro para estas entidades

No haberse sabido adaptar a los intereses de los más jóvenes, pero también a sus nuevas maneras de comunicarse es uno de los problemas que se apunta repetidamente. Desde el Centro Galego de Lisboa señalan que más allá del baile o la música tradicionales «hai que proporcionar aos máis novos actividades que lles permitan dar ás á súa imaxinación, como organizar encontros nos que convivan música moderna e tecnoloxía». Pero además, se marcan como un reto de futuro adaptar «á realidade actual» el funcionamiento del centro «mediante as novas tecnoloxías».


El centro gallego de Lisboa fue fundado en 1908

De hecho, junto a los 27 centros gallegos citados, el registro de galeguidade incluye ya una iniciativa peculiar: un grupo de Facebook que reúne a emigrantes en Reino Unido. Fuera de ese listado oficial, en Berlín algunos recién llegados se han reunido también en una pequeña agrupación alrededor de un grupo de WhatsApp.


Lo que hoy es un hándicap —no tener sede física les impide el acceso a determinadas ayudas— puede ser en el futuro una enorme ventaja, al evitar los gastos fijos que eso conlleva. «Ter unha sede para xogar ás cartas e traballar todo o mes só para pagala é o pasado. O futuro está na rede», augura Martín Maceiras. Él es vicepresidente de Embaixada.gal, una plataforma que reúne virtualmente a gallegos en la diáspora, aprovechando las nuevas tecnologías y la mayor facilidad que hoy existe para moverse por Europa y encontrarse en distintos puntos del continente.


El centro gallego de Cuxhaven intenta ser un referente cultural en su comunidad

Puntos de promoción

Superado el carácter de punto de reunión ¿pueden seguir teniendo futuro las sedes físicas de los centros? Para Fran Álvarez, de Cuxhaven, es difícil, pero las opciones pasan por reconvertir sus funciones recreativas y potenciar su papel como embajadas culturales. «Ser puntos de promoción de Galicia nos nosos países, ser focos que dean a coñecer a nosa cultura, a nosa gastronomía, o que facemos, por aí vai o futuro», aventura.


O Resumo Edición Nº 398 - 13 de Diciembre de 2019

Fuente: globalgalicia.org 2.12.2019

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