HECTOR ALVAREZ LÓPEZ

CONTADOR PÚBLICO, PRESIDENTE DE AEGU (2013-2014)


Soy hijo de españoles. Mi madre nació en Barres - Castropol, Asturias, sexta hija de un padre muy mayor y una madre que falleció en su parto. La crió una tía ciega que vivía con su marido, ex capitán que había participado en la guerra de Cuba y que moraban en Vegadeo. Cuando la tía falleció, época de muchas dificultades económicas, un hermano que había venido a Uruguay arregló para que ella y una hermana vinieran a este País. Eso aconteció en 1931, es particularmente interesante, leer el pequeño diario de viaje, que redactó desde que salió de su casa y llegó a las Costas del Porongos en Flores. Estuvo en el campo durante tres años, ayudando en un almacén que tenía el hermano, hasta que tomó la decisión de venirse a Montevideo y emplearse como doméstica.

Mi padre, nació en la parroquia de Cabeiro, cerca de Redondela en la Provincia de Pontevedra. Fue un hijo intermedio de los once que tuvieron los abuelos y compartió la enorme pobreza de la familia. En oportunidad del Servicio Militar consiguió, a continuación del mismo, empleo como marinero en la armada Inglesa que operaba en el puerto de Algeciras. Trabajó durante tres años embarcado y en determinado momento cuando empezaban los movimientos militares previos a la Guerra Civil los ingleses le ofrecieron la posibilidad de radicarse en Estados Unidos, pero él prefirió venirse al Uruguay donde estaba afincada una hermana. En Uruguay trabajó en lo que fue el comienzo del Centro Automovilista como lavador de autos y, en determinado momento, ingresó a la Compañía del Gas, donde aprendió el oficio de tornero.

Mis padres se casaron en Montevideo, la vida era austera y sacrificada. Desde el casamiento, mi madre trabajó como portera en un edificio en la Ciudad Vieja y mi padre dividía su tiempo desde las 6 de la mañana hasta las 5 de la tarde en la Compañía del Gas y desde las 18 horas hasta el final de las funciones (siempre después de las 12 de la noche) como acomodador en el Teatro 18 de Julio.

Su objetivo común, desde mi nacimiento fue ayudarme para que tuviese la posibilidad de vivir sin todas las privaciones que sufrieron ellos. Tan es así, que pese a sus menguados ingresos, me pagaron para que hiciera primaria y secundaria en la Escuela y Liceo Elbio Fernández. Tuve la oportunidad, mediante una beca, de hacer un año de secundaria en Michigan, Estados Unidos.

Cuando regresé, y merced a una presentación del Cr. Enrique Iglesias, me motivé a estudiar Ciencias Económicas. Dadas las condiciones de disponibilidad de la familia el objetivo planteado fue intentar recibirme lo antes posible y eso lo pude cumplir. Estando en 2º de facultad entré a trabajar como administrativo en una empresa recuperadora de aceite, Austral Ltda y luego en una empresa Ítalo argentina Galileo Uruguaya S.A. Esta empresa se dedicaba a la fabricación de medidores eléctricos. En 1972 se vendió la empresa a Westinghose Electric Corporation y trabajé en ella en los dos primeros años de mi profesión. Con un socio y gran amigo, Alejandro Grasso, en 1972 pusimos un estudio profesional que funcionaba en un apartamento que nos cedió su familia en la calle Paysandú y Julio Herrera.

Por casualidad, en el estudio al comienzo tuvimos clientes que actuaban en el sector agropecuario, eso despertó en mí especialmente, un interés importante. Es así que en 1973 un cliente nos ofrece poner ganado a pastoreo en Soriano, cosa que hicimos y que nos dio buen resultado. A partir de eso, nos entusiasmamos y entregamos la cuota inicial de un campo en el departamento de Florida (El Charquito), cuando venció el tiempo y debíamos pagar una segunda cuota de tres, obviamente no teníamos el dinero. Por suerte el vendedor, don Carlos Ottonello, nos dijo “Muchachos: Uds. hicieron un gran negocio, compraron muy bien, los espero a que vendan el campo y me paguen”. Efectivamente, habíamos hecho un gran negocio, pero fundamentalmente esta ayuda de alguien que no nos conocía de nada, permitió que pagáramos ese campo y pudiésemos comprar uno más grande en Durazno (La Campana).

Por otra parte, en 1976 Westinghouse decide irse del Uruguay, y alenté a uno de sus gerentes a que se quedara con la empresa. Hablamos con las autoridades americanas y aceptaron y, como era el compromiso, lo ayudé a desarrollar la empresa. En 1991, en oportunidad de constituirse el Mercosur, vimos que era necesario salir del negocio y logramos que una importante firma internacional Schlumberger la adquiriera y una de las condiciones que impusieron fue que me quedara como gerente general de la unidad Uruguay, cargo que luego se amplió a la región y que mantuve hasta 2003.

Por otra parte, existieron una serie de actividades secundarias, participación en un Molino de harina de Maíz, en canteras de granito, en la actividad inmobiliaria, en la docencia universitaria, entre otras, lo que permitió que cuando mi socio resolvió pasarse a la actividad financiera yo continuara solo en la actividad agropecuaria hasta el día de hoy.

En todos este camino, desde hace 43 años me acompaña y me ayuda mi señora, Beatriz, que además de darme dos hijos, significó la mente ordenada y segura que posibilitó que pudiera hacer actividades muy diversas y dedicar mucho tiempo a ellas.

En el año 1985, se me ofreció, en oportunidad de la instauración del nuevo periodo constitucional, que asumiera la asesoría económica de la Asociación Rural del Uruguay. Durante 14 años actué como asesor y en el 2003 me ofrecieron que participara en la directiva de la misma, ocupando un cargo hasta el presente.

He sido fundador del grupo CREA Casupá. He tenido la oportunidad de visitar todo el País dando charlas vinculadas al sector.

Un amigo, Rodolfo Ceriani, me acercó a AEGU y grande fue mi sorpresa cuando el presidente de la misma, don Antonio Ríos, me recibió con los brazos abiertos y con la amabilidad propia de un gallego me integró inmediatamente al funcionamiento de la misma. La oportunidad de ocupar la Presidencia de AEGU, fue una distinción que mucho agradezco y que me sirvió para aquilatar la existencia de valores difíciles de encontrar en la vida.

Otro amigo, el Dr. José Luis Peña, me acercó al Hogar Español, donde participé durante tres años y pude ver las dificultades que enfrenta una institución como esa cuya importancia, muchas veces, se desconoce. El Hogar debe ser protegido y todos los vinculados con España debemos colaborar para ello.


Este año cumplo 70 años, la vida no me fue ingrata y me dio oportunidades que mucho agradezco. Todo lo poco que hice, ha sido fruto de haber encontrado personas que en momentos claves me ayudaron a salir adelante. AEGU es una institución que, a partir de sus raíces, otorga oportunidades a sus socios y allegados. No lo debemos perder y, los que ya tenemos el camino recorrido, debemos canalizarlo para que las nuevas generaciones encuentren en ella el acceso a oportunidades y amistades sanas.


O Resumo Edición Nº 299 - 29 de Setiembre de 2017

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