MANUEL LOSA ROCHA


El primer día del mes del Apóstol Santiago, cuando declinaba el Sol hacia el poniente, Compostela recibía a un nuevo ciudadano. El lánguido tañir de las seis campanadas del reloj de La Berenguela fue lo primero que llegaba a los sentidos de aquel niño que al mismo tiempo recibía la luz por vez primera.


Corría el primer año de la etapa oscura de la posguerra civil española. Los años siguientes serían de la misma tonalidad, grises. No se percibían perspectivas de mejora en la sociedad, pero aquel niño ya había aprendido a amar profundamente a su tierra y, en medio de la pobreza y casi miseria de aquellos tiempos, era muy feliz. Santiago de Compostela era “el centro del mundo”, no imaginando lugares diferentes y en aquel su mundo, se sentía como un rey.


Pero los mayores, más próximos a la realidad, pensaban distinto. Las cartas que recibían de familiares que vivían en América los deslumbraban y finalmente, como muchos, optaron por el camino incierto de la emigración. El jovencito de trece años, arrancado abruptamente de su paraíso, creía que llegaba a “un mundo de fantasía”. Al encontrarse en Montevideo, en un casa humilde del barrio de La Unión, comprendió que todo sería muy distinto a cómo lo habían soñado sus padres y él. Nada de estudiar, a los once días de llegar a su nuevo destino ya estaba trabajando como mandadero en una fábrica de productos químicos, donde durante cuatro años tuvo la fortuna de ir conquistando otro reinado. La evolución continuó, otro empleo de distinta categoría, el estudio en los turnos de la noche, los primeros amores de adolescente. Tanto llegó a amar a su nueva ciudad que hasta pensó en ir olvidando su edén abandonado. Pero esa rebeldía no fue duradera, pronto volvió “la morriña”, el recuerdo y el querer regresar algún día.


La vida lo llevó por diversos caminos hasta que uno de los cruces se encontró con los libros a los que se abrazó en forma definitiva. De vendedor a librero, a editor y finalmente, por una cuestión fortuita, también a escritor. Gracias a esa merced, más de medio siglo después de alejarse de su paraíso, en el año 2006 una situación fortuita lo mueve a contar su propia historia en “Relato de un emigrante”, después “El vendedor de libros”, “El bosque de la condesa”,


“Cuatro historias de emigrantes”, “La Galicia de Montevideo”, “Desde el otro lado del mar”, “El pasadizo secreto” y finalmente “De Compostela y El Camino de Santiago”. No están ausentes en sus escritos historias del país, que cómo a tantos otros emigrantes, lo recibió en su seno con total generosidad, sin preguntarle ni cuestionarle absolutamente nada.

Después de varios regresos a su lugar de origen y la meditación en el gran templo, la Catedral de Compostela, así como en el cabo del fin de la tierra, Finisterre, llegó la comprensión, la conformidad y el amor profundo e incuestionable por los dos reinos que anidan con fuerza en su corazón.


O Resumo Edición Nº 280 - 12 de Mayo de 2017

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