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Seis restaurantes gallegos para disfrutar de la mejor gastronomía a pie de playa

  • Foto del escritor: AEGU
    AEGU
  • 31 jul
  • 9 Min. de lectura

Algunos días podrían llenar sus locales hasta tres o cuatro veces con todas las peticiones que reciben. Las mejores mesas a pie de playa se las rifan. Galicia, uno de los mejores lugares del mundo para comer, saca todo el partido gastronómico a su espectacular costa



O Resumo semanal - Asociación de Empresarios Gallegos del Uruguay

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Hay pocas sensaciones más satisfactorias que entrar en un restaurante con vistas al mar y comprobar que esa mesa reservada con mucha antelación o con una gran dosis de suerte y que está preparada con el número exacto de comensales convenidos es la que nos van a ofrecer para pasar las próximas horas frente a la inmensidad del agua. Después llegará el momento de testar la atención, las elaboraciones, el trato al producto o los pequeños detalles que marcan la diferencia entre una comida más o un momento inolvidable. Pero sentarse con las expectativas intactas y saborear una bebida mientras se explora una carta interesante ya es una victoria que el cerebro anotará para siempre. En los 1.500 kilómetros de costa de Galicia hay cientos de oportunidades para vivir esa sensación, pero igual que sucede en los buenos restaurantes, al final hay que elegir. Cuanto mejores son, más difícil es conseguir un hueco, y más en un verano que apunta a récord turístico, en buena medida porque el mundo se ha enterado del secreto gastronómico peor guardado del planeta, y es que en Galicia se come bien en cualquier lado. Aquí van seis pases para comerse el mar, con todos los sentidos.


Álvaro Fuentes, del Meloxeira Praia (San Vicente, O Grove), está feliz por su reciente Sol Repsol y preocupado también por cómo gestionar este verano una presión descomunal de reservas que no para de crecer, pero que tampoco le pilla de nuevas. Esa sensación, a otra escala, la paladeó en la Taberna Meloxeira, su primer local en el discreto y cercano Porto Meloxo, que en sus últimos veranos ya era uno de los restaurantes más buscados en el que, probablemente, sea uno de los entornos de mayor nivel gastronómico de Galicia, aunque solo sea por las estrellas Michelin que se concentran. El local a pie de la playa de Area da Cruz ya era de su familia, y cuando le tocó regresar se lo pensó. «No quería volver allí, y si lo hacía, tenía que ser para hacer las cosas a mi manera». Y así fue. Su cocina pasó por las influencias orientales a las mexicanas, pero al final, su propuesta funciona «por el producto de aquí, poco tocado», aclara. Berberechos, navajas, pescados, chipirón de la ría «que está espectacular... y las sardinas en temporada, amo las sardinas...», narra con pasión. Y explica qué pinta el sur en todo esto. «Lo que hacemos es adaptarnos a nuestro entorno con un poco de sur. Soy amante del jamón, de las gambas de Huelva, del camaroncito, y todo eso acaba apareciendo» en su cocina. Como todos los colegas con negocios junto al mar, muchas veces le toca gestionar las ansias por conseguir la mejor mesa, «pegada a la barandilla, así la piden. A los que todavía no nos conocen les digo que en nuestro restaurante hasta yo veo el mar mientras cocino», dice entre risas. Más serio, y agradecido también por lo que le está pasando, reflexiona: «Siempre valoramos al cliente, y el que repite tiene más posibilidades de tener esa mesa que le gusta. A veces no buscas más, sino cuidar lo que tienes», explica el chef, que solo cierra las puertas cuatro meses al año.


Clásico entre los clásicos, el restaurante Louzao no engaña. «El que viene sabe que se va a encontrar una cocina tradicional, ya soy la segunda generación y buena parte de la clientela es conocida, gente que repite», advierte Suso Louzao. A un paso de la playa de Area, en Viveiro, los bandejones que manejan en cocina delatan unas mariscadas de las de siempre, de esas que todo el mundo debería pegarse alguna vez en la vida sin necesidad de contarlo en Instagram. Se trata de un formato que sigue atrayendo e impresionando a los de fuera de Galicia, mientras que los locales prefieren ir a tiro fijo en la carta. Tiene espacio para eventos de cierto porte, pero cuando se trata de encuentros más reducidos o citas familiares incluso en un local de corte tradicional se imponen costumbres en el formato, como compartir algún entrante y entregarse a un segundo a elegir. La merluza, «de Celeiro o de Burela», es uno de sus clásicos, pero no deben dejarse pasar las empanadas caseras —especialmente la de congrio— o los chipirones, «que hay bastante en esta época» y que se han convertido en uno de los platos más solicitados. El restaurante está a cien metros del mar, y los que buscan terraza suelen aprovechar la visita para disfrutar de una jornada de playa. «Pero no solo la buscan por estar al aire libre. Hoy tengo cinco mesas fuera, y en las cinco habrá alguna mascota», señala Suso. También se merecen comerse el mar.



Son de esos restaurantes en los que algunos comensales se olvidan muchas veces de que van a comer y nadie espera a que lleguen los platos para empezar a sacar fotografías, porque la decoración está muy cuidada, se presta descaradamente al postureo y adelanta el estilo de la cocina. Fernando Fernández y Rubén Paz empezaron en Aguete (Marín), literalmente encima de la playa y con una privilegiada vista de la ría de Pontevedra. Sobre su idea inicial —un espacio para eventos— tuvieron que hacer variaciones al cruzarse por medio la pandemia. Algo debieron hacer bien en este lustro, porque apenas dos años después reunieron buenos motivos para abrir otro local en Samil (Vigo), también rabiosamente playero, aunque entre ambos hay algunas diferencias que vienen marcadas por el tipo de cliente y las preferencias horarias. Rubén reconoce que su objetivo, y también su acierto, fue plantear en Galicia un restaurante de costa con cocina fusión y una estética atractiva «como los que te puedes encontrar en Ibiza o también en Madrid», pero sin renunciar al producto local ni al primer motivo de su éxito, que no es otro que dos espectaculares ubicaciones. Lo interesante es que el compromiso con la estética no se pierde en los fogones ni engorda el tique medio. «Hay carnes en los dos, y arroces en los dos, pero no son exactamente iguales. En Vigo nos acercamos más al estilo street food, pero cambiamos algunos postres y también los cócteles», explica, advirtiendo que una de sus especialidades más demandadas, el arroz de rape y gambón, es un fijo. Pero hay más opciones, pensadas para compartir, como las croquetas de centolla, los langostinos crujientes o las ensaladas frescas de salmón o mozzarella. Abren todo el año con horarios muy amplios en verano —desde la mañana hasta más allá de la medianoche— aunque cada uno tiene sus tiempos. «Vigo funciona todo el año, pero en verano trabajamos más en Aguete a la hora de la comida. Samil también tiene un público fiel por la tarde y por la noche, y aunque oscurezca, la gente sigue solicitando vistas al mar. ¡Pero si ya no se ve!», comenta con humor su promotor. Además de las vistas y los detalles decorativos cuidados, hay bases compartidas en sendas cartas, con creaciones basadas en las gastronomías de origen oriental realzadas con producto cercano y reconocible, siempre presentado con gusto. Los platos se prestan para compartir, lo que en principio contiene el tique medio, pero es de esos locales que no son para llegar e irse con prisas, sino que invitan a seguir descubriendo la carta de bebidas y estirando la experiencia. Hablamos de dos locales muy grandes, con diferentes ambientes y con capacidad para varios cientos de personas, así que muchos días se impone el ambiente de fiesta.


Es todo lo que necesitan decirle a Álvaro Rodríguez para que los más fieles tengan su espacio habitual garantizado. Y hay muchos de esos, porque en la Costa da Morte —y en toda Galicia— su restaurante tiene auténticos devotos en número creciente, como los peregrinos que se acercan hasta el santuario de la Virxe da Barca. «É xente de pescado», resume Álvaro, comensales que hacen kilómetros por probar un sanmartiño, un rodaballo o una lubina, «que en xullo desaparece ela soa», advierte demostrando un profundo conocimiento del mar y sus tiempos naturales. Trabajan también «un cabracho bo», y para los que quieran dar un paso más, ahí están los arroces y las fideuás, con opciones veganas por encargo. El plato estrella de esta temporada es el bogavante con huevos fritos y patatas, una variante del combinado balear al que le dieron «unha voltiña, e sae espectacular», expresa dejando constancia del acierto de importar una opción de lógica aplastante: si te gustan las patatas con huevos fritos, «imaxina co sabor do lumbrigante». Vale la pena estirarse con los entrantes, que siguen teniendo sabor a mar. La sopa, los patés o los revueltos llevan siempre productos de la lonja, y también es posible probar manjares tan populares como la sardina ahumada con teriyaki y alioli, o los mejillones en escabeche y crema de avellana.

La lengua de arena donde descansan algunas chalanas de Muxía es el decorado real de la Lonxa D’Álvaro, un local bien montado y protegido por el puerto, en todos los sentidos. En la terraza, con unas pocas mesas que salen en verano; bajo una sofisticada pérgola para disfrutar todo el año; o en el interior del local, hay clientes que tienen su mesa reservada varios días al año. «A miña mesa para o domingo».


Dejando el norte hacia la ría de Arousa, bien hasta el fondo, espera el Loxe Mareiro. Esta taberna mariñeira —no cabe otra definición—, es el cordón umbilical que une a Iago Pazos con sus orígenes. El chef de A Pobra do Caramiñal fue el primero en sacarle punta al filón gastronómico que ofrecía el mercado de Santiago, y en torno a este espacio tan tumultuoso y al mismo tiempo delicado ha ido amoldando las variantes del proyecto Abastos, inicialmente de la mano de Marcos Cerqueiro y ahora en solitario. Esta casita de Carril tiene algunos protocolos de los restaurantes de nivel, porque algún modelo de funcionamiento hay que tener, pero al final, metidos en materia culinaria, la experiencia acaba siendo muy sencilla. Se come lo que se ve, y desde su puerta y su terraza —siempre se empieza con un aperitivo en el exterior, al borde del mar— lo que te comes literalmente es toda la ría, con la isla de Cortegada a un lado, A Illa al frente y los cultivos de bivalvos de Carril a tiro de piedra. Moluscos y mariscos populares, y para algunos de segunda, pero cocinados de primera están muy presentes, porque son los favoritos de Pazos, en cuyos locales podría prescindir de las neveras porque solo ofrece lo que encuentra en los mercados en el día.

El Loxe Mareiro es atlántico y muy veraniego. Por su imponente ubicación y porque da lo mejor de sí en estas semanas —solo descansan los miércoles— para convertirse en una opción más exclusiva en otras épocas del año, si se cierra toda la casa para disfrutar de las conchas, los pescados marinados, curados y a la brasa o en salpicón que nunca fallan en el menú Arousa (98 euros), obligatorio a partir de cinco comensales.


Más al norte, donde el sol tarda en desperezarse y el termómetro es más comedido, la oferta gastronómica no decae. Con tormenta o calorazo, que también lo hace, la playa de Bastiagueiro Pequeno tiene su abanderado hostelero en el Vaiche Boa, de Jacobo Astray, que se incorporó a la amplia oferta del área coruñesa en el 2024. La ubicación fue determinante para que el promotor del proyecto regresase a Galicia con ganas de hacer algo diferente, con golpes que sorprenden, pero sin traicionar a la tradición. Pasó hace años por El Bulli, de Ferran Adrià, y la oportunidad de hacerse con la concesión al borde de la playa le pilló en Tailandia, desde donde acertó a encajar todo el papeleo administrativo. Con una tremenda terraza que pretende estirar en el calendario lo más posible y un interior más recogido, el local logra ser dinámico a todos los niveles y ofrecer algo más que un lugar para comer o tomarse algo. La música en directo, frecuente, y la preocupación por dinamizar el espacio también se aprecia en la carta. «Nuestra propuesta es de mercado, intentamos trabajar con proveedores locales y productos de cercanía, cambiando mucho la propuesta y adaptándonos a cada momento de la temporada. Vamos variando todo, dándole vueltas, porque prefiero trabajar con una oferta no muy larga pero que vaya cambiando a menudo». Los más conservadores que ya hayan probado y quieran repetir deben saber que «los arroces siempre están», y se mantiene en la idea de rotar uno fuera de carta, como ha estado en las últimas semanas el de bogavante. «Pero esa opción ya la hemos cambiado seis o siete veces», advierte Jacobo, remarcando que siguen buscando sus clásicos, entre los que ya están la berenjena frita, el puerro calçot o el tataki, que ahora es de bonito, pero que también han preparado con salmón.

La ubicación del Vaiche Boa es tan privilegiada que cualquier rincón cuenta con buenas vistas, pero aun así es habitual que los clientes ejerzan todos sus encantos o su capacidad de presión para conseguir el mejor rincón. «Todo el mundo quiere sentarse en una mesa concreta», un problema que ha solucionado no reservando espacios para nadie. «Priorizamos el orden de llegada, y a los que se planifican mejor los premiamos cerca de la ventana que todo el mundo busca. Y lógicamente también buscamos lo que mejor nos encaje a nosotros para ofrecer un buen servicio», argumenta Astray.


O Resumo Semanal - Edición Nº 652 - 31 de julio de 2025

Fuente: lavozdegalicia.es | 27 de julio

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